sábado, 3 de julio de 2010

Reporteros en el Alto Huallaga. De la caricatura a la verdad.

El siguiente informe contiene varios artículos del reconocido periodista Gustavo Gorriti, publicados en IDL Reporteros producto de una reciente investigación realizada en el Alto Huallaga. Artículos que tuvieron un gran impacto a nivel oficial por que desnudan la propaganda oficiosa sobre realidades paralelas en una región donde hay mucho por hacer y una gran falencia de responsabilidad en un sector de la prensa como en el oficialismo interno y externo.

Gustavo Gorriti, director de IDL-Reporteros. (Foto: Christian Osés)

La cobertura y los comentarios sobre la coca, el narcotráfico, los diferentes grupos de Sendero Luminoso, la interacción entre éstos, han sufrido con gran frecuencia y sufren hoy de simplismo, caricaturización y también de pura propaganda. En algunos casos hay desconocimiento, en otros deshonestidad intelectual, pero el resultado final es que la opinión pública recibe en gran parte de los casos un cuadro distorsionado, que no corresponde ni de lejos a la verdad de los hechos.

¿El resultado? El problema, sobre todo el del narcotráfico, subsiste por más de treinta años, variando ciertos términos y manifestaciones, pero sin perder dimensión ni importancia. La falta de claridad intelectual perpetúa un problema que puede agravarse aún más.

Espero que el reportaje publicado aquí la semana pasada, el que se publica hoy, y los artículos relacionados que he escrito en las ediciones 2135 y 2136 de Caretas, ayuden a entender la complejidad de la situación en el Alto Huallaga, de un problema que no se presta a caricaturizaciones, cuya solución precisa el razonamiento basado en hechos, en el reportaje honesto de la realidad y no en la propaganda disfrazada de análisis.


Ampay vegetal

¿Desarrollo alternativo o asociativo? En Tananta, cultivos de palma aceitera y de coca comparten un mismo extenso campo de cultivo.

Plantación de coca en medio de palma aceitera en Tananta, cerca de Tocache, Alto Huallaga. (Foto: Alejandro Balaguer/ Fundación Albatros Media)

Por Gustavo Gorriti.

Alto Huallaga. En las afueras de Tananta, no lejos de Tocache, se yergue vigorosa, bajo el sol de la tarde, una plantación de palma aceitera.

Son varias hectáreas (ocho, quizá diez), que calculo al ojo desde la huella de tierra que permite un acceso fácil a los terrenos, planos y extensos, tomando un corto desvío en la carretera que lleva a Tocache.

Los árboles de palma aceitera se ven muy bien: vegetalmente rozagantes y, en apariencia, libres de plagas. Separados entre sí, tienen espacio suficiente para crecer.

Y en esos espacios entre árbol y árbol, no menos vigorosa y tan lozana como éstos, crece una plantación asociada de jóvenes cocales que parece desarrollarse con gran comodidad y promesa productiva entre los árboles de palma.

La coca crece rodeada por la palma aceitera cerca de Tocache. Dar clic en la imagen para aumentar el tamaño. (Foto: Alejandro Balaguer/Fundación Albatros).

¿Cómo? ¿No era que se promovió tan intensamente el cultivo de la palma para reemplazar a la supuestamente erradicada coca? ¿Y no que Tananta era uno de los mejores escaparates del llamado “milagro de San Martín” por los funcionarios del “Desarrollo Alternativo”?

Pues ahí están, juntas, en feliz vecindad, la palma y la coca, indiferentes en apariencia a los objetivos de los relacionistas públicos, como montescos y capuletos vegetales en apacible (y productiva) tregua.

El escenario, en la tarde del 18 de junio, era surreal. Quienes nos condujeron hasta ese proficuo hectareaje, para mostrarnos la coca entre las palmas eran nada menos que los máximos dirigentes cocaleros de la región: Wilder Satalaya, presidente de la Federación de Campesinos Cocaleros ‘Saúl Guevara Díaz’ y Luis Cabrera, su secretario de organización. De manera que fueron los propios dirigentes cocaleros quienes nos llevaron para denunciar coca clandestina cultivada dentro de un programa anti-coca.

Extraño mundo, ¿verdad?

Dirigente cocalero Wilder Satalaya en El Porvenir de Mishollo. (Foto: Alejandro Balaguer/ Fundación Albatros Media).

No tanto, según explica Wilder Satalaya, en este audio. Satalaya es agente de la Enaco en Tocache, y dice que la coca que vemos en Tananta “se va directamente al narcotráfico… hay que ver quién es quién, los que estamos dispuestos a dar la cara ante Enaco y los que cultivan ilegalmente… se comprometieron a no sembrar más coca, y miren aquí… hemos pedido muchas veces: investiguen y averigüen…”.

Mientras Satalaya era entrevistado llegó el dueño de la mixta parcela. Se presentó como Manuel Iparraguire y dijo que sembraba la coca porque la palma “todavía no da”.

Además sostuvo que “las Naciones Unidas no nos ha ayudado, nos ha vendido las plantas”.

La escena de Tananta, con las historias sin guión prefabricado de los cocales entre las palmas, no era del todo ajena a ese mundo de coca, y de “guerra” contra la coca y el narcotráfico, donde muy poco es lo que parece o lo que dice ser.

Juego y trabajo. Un niño juega pelota en El Porvenir de Mishollo mientras un adulto junta la coca ya secada.(Foto: Alejandro Balaguer/ Fundación Albatros Media).

En los años que he cubierto la llamada “guerra contra las drogas”, una de las cosas más claras que comprueba el contacto con la realidad, es que la abrumadora mayoría de campesinos cocaleros es muy pobre, y que la coca no los saca de la pobreza. Pero, dentro de vidas precarias, acosadas por la permanente escasez, la coca les da el cierto margen de liquidez con el que se puede enfrentar los golpes más duros que se encaja cuando falta casi todo.

Muchos llaman a la coca, su “caja chica”, que los salva cuando una enfermedad en la familia requiere comprar medicinas, o cuando alguno de los hijos mayores tiene que afrontar los gastos inevitables (aunque pequeños comparados con los de la ciudad) de estudiar, por ejemplo, la secundaria.

Los principales dirigentes cocaleros del Alto Huallaga tienen vidas muy austeras. En Cachicoto, en el valle del Monzón, Dirigente cocalero Eduardo Ticerán. (Foto: Alejandro Balaguer/ Fundación Albatros Media).

Eduardo Ticerán, secretario general de la Central Nacional Agropecuaria Cocalera del Perú (Cenacop), es propietario, con su esposa, de una modesta panadería. En Tocache, Wilder Satalaya, quien llegó ahí durante su servicio militar y se quedó luego de licenciarse, es un pequeño agricultor.

Está claro que la mayor parte de la coca del Huallaga se vende al narcotráfico (aunque una cantidad nada despreciable se negocia con las minas en la sierra, a un precio harto superior al de Enaco, para el chacchado en tajos y socavones). Pero haber focalizado la “guerra” contra las drogas en la erradicación de cocales, ha sido atacar el lado más numeroso, de menor valor unitario y más fácilmente reemplazable en un negocio millonario que, en razón de su rentabilidad, tiene una gran flexibilidad y adaptabilidad.

Se ha atacado al proletariado y no a la plutocracia de un fenómeno hipercapitalista, como es el narcotráfico.

Estrategias contradictorias producen el mismo tipo de resultados. De ahí los lozanos cocales en medio de las plantaciones de palma aceitera, que fueron plantadas como alternativa y que, como se ve en Tananta, terminan siendo un complemento.

Santa Lucía

Que los tiempos han cambiado lo supimos al cruzar el Huallaga desde la orilla de Nuevo Progreso hacia la que lleva a Uchiza.

A poca distancia del puerto, junto al pueblo del mismo nombre está la base antidrogas de Santa Lucía. Notoria para muchos, legendaria para otros, la base, construida en la década de los ochenta con fondos de Estados Unidos y mantenida desde entonces en gran medida por ellos también, fue hostigada y atacada varias veces por Sendero, pero nunca estuvo en peligro de caer. Un eficiente diseño defensivo, una guarnición fuerte, junto con un buen parque de aeronaves, especialmente helicópteros, y una adecuada y bien protegida pista de aterrizaje, le dieron una capacidad de defensa y contraataque que siempre fue superior al poder ofensivo de Sendero; incluso cuando éste tuvo la fuerza como para tomar Uchiza en marzo de 1989 y derrotar a la guarnición de tropas especiales de la Policía acantonadas ahí.

En esa ocasión, la base de Santa Lucía no pudo auxiliar a los policías atacados en la cercana Uchiza, pero Sendero tampoco intentó tomar la base.

Alumnos de la escuela policial en la base antidrogas de Santa Lucía. (Cortesía: Archivo La República).

Santa Lucía fue en los hechos y por mucho tiempo una base norteamericana con policías peruanos. Era el punto de llegada para la prensa extranjera que deseaba fechar un despacho desde un lugar que sugiriera los riesgos de una base avanzada en la jungla hostil, en medio del batir de hélices de helicópteros y los campos cubiertos de cocales.

No solo eso: Santa Lucía brindaba la experiencia completa sin tener que salir de ahí. Era una suerte de jungla con repelente incorporado. Dentro estaba “Cocalandia”, el Disneyworld de la ‘guerra’ contra las drogas. Era un lugar que remedaba un ‘laboratorio’ para elaborar el PBC en medio de la selva. Supuestos ‘cocineros’ preparaban la pasta básica, protegidos por los pistoleros de esa banda, mientras se acercaban sigilosamente los policías antidrogas para el ataque sorpresa, que se producía exitosamente y con la misma regularidad que las acrobacias de delfines en un acuario marino. “Cocalandia” era, en la jerga gringa del oficio, el “dog and pony show” (“el show del perro y el caballo”), la versión plástica de la “guerra” contra las drogas.

¿Quién no se burló de ella?

Nunca pensamos que la íbamos a extrañar.

Cuando llegamos a Santa Lucía el 16 de junio por la noche, la base lucía extraña.

Signos de descuido donde antes no se los veía y mucha menos gente.

Foto de archivo de entrenamiento con apoyo de helicópteros, en Santa Lucía. (Cortesía: La República).

Solo un rato después, cuando hablamos con el ansioso jefe de la base, el comandante PNP Gonzalo Cueva, la realidad se hizo evidente: todo el personal de erradicadores del Corah, anteriormente acantonados en la base, se ha mudado a Tingo María. Junto con ellos se han ido los policías de la Dirandro que los escoltan. Y los pilotos de helicópteros, con sus máquinas. Tras ellos, los funcionarios estadounidenses que controlan los helicópteros, el personal, las acciones y las metas. Con los estadounidenses, nos dicen, se fueron también los fondos para operar la base y, sobre todo, para mantenerla. Hasta la ‘división informática’ se fue a Tingo María.

La base luce semivacía. Es más percepción que realidad, porque la Escuela de Policías sigue abierta y queda una guarnición policial. Pero cuando se van 200 erradicadores, 150 policías, pilotos, helicópteros, funcionarios gringos y plata, se escucha correr el viento y no se cambian los focos quemados.

Efectivos de la Dirandro en un control carretero de búsqueda de drogas e insumos químicos. (Foto: Alejandro Balaguer/ Fundación Albatros Media).

Sujeta ahora a las rutinas de mantenimiento de la PNP, la base de Santa Lucía ya sufre los resultados. No hay agua en la base desde hace una semana, nos dicen, porque se malogró la bomba y hay que esperar que llegue el dinero para comprar los repuestos.

“Cocalandia”, nos informan, ya no funciona porque no hay ni coca ni insumos para la demostración. Tampoco hay uniformes nuevos este año.

Limitados a esporádicas salidas de “interdicción” a bordo de camionetas, algunos veteranos de la Policía sí conservan informantes e inteligencia.

Lo que algunos de ellos nos cuentan confirma que la realidad tiene dinámicas a la vez previsibles y sorprendentes.

Al haberse transferido todo el centro de gravedad de la erradicación hacia Tingo María, (posiblemente para llegar con mayor tranquilidad a la meta anual de diez mil hectáreas de coca desarraigada), los policías nos dicen que han surgido muchos “nuevos cocales, una nueva problemática”.

También nos informan que:

• “Se ha reportado que hay una nueva columna senderista vinculada con el VRAE”.
• “El área de influencia de esta columna llega hasta Santa Rosa de Mishollo”.
• “‘Artemio’ está todavía fuerte. Vemos cómo se desplaza y el caso que le hace la gente”.
• “Desde Bambamarca hasta Juanjuí no hay Policía”.

En los días siguientes, nosotros pudimos confirmar en el terreno que, si no totalmente exactas, la mayoría de estas afirmaciones tenían bases reales (ver: Sendero en el Huallaga) y que describían una realidad mucho más compleja que lo que presentan y sugieren los guiones de historieta oficiales. (GG)

La cola que mueve al perro

Amontonamiento de hojas de coca secadas en una cancha deportiva, cerca de Cachicoto. (Foto: Alejandro Balaguer/ Fundación Albatros Media).

En el Huallaga, todas las acciones, todas las campañas se subordinan al programa antidrogas, reducido a su vez a la dinámica y metas de la erradicación de cocales.

Para justificarlo, se compone el guión oficial de que, al fin, todo es parte de un solo fenómeno. Que cada arbusto de coca desarraigado debilita a ‘Artemio’, a los Quispe Palomino y a los ‘duros’ del narcotráfico. Las acciones que emanan de esa estrategia producen el tipo de resultados previsibles cuando se ordena que la cola mueva al perro.

La masiva mudanza de cientos de erradicadores y policías desde Santa Lucía a Tingo María provocó también varios problemas y sinceramientos en la realidad de mando en Tingo María.

Para empezar, el general Marlon Savitzky y los oficiales del Frente Huallaga fueron desalojados del cuartel que habían ocupado desde que se instaló el Frente. Era el edificio de la ex-Umopar, Unidad Móvil de Patrullaje Rural, amplio y muy defendible.

Tuvieron que vaciar su cuartel para darle espacio al grupo de la Dirandro y pasar a alquilar un edificio mucho más estrecho e incómodo en la calle Tito Jaime.

En este viaje fui una vez al cuartel de la ex-Umopar, hoy Dirandro, para entrevistar al general Savitzky, que estaba de visita. Tuvimos que ir de ahí a la nueva oficina del Frente Policial. Llegué, a ver, sin embargo, más de una ventana rota en los alojamientos del segundo piso, y me pregunté qué hubiera pensado William Bratton, el ex comisionado de la Policía de Nueva York y consultor en seguridad ciudadana, para quien la ventana rota, precisamente, señala el deterioro de la seguridad pública en ese lugar.

Si el jefe del Frente Policial debe desocupar su cuartel para que se instale ahí parte del grupo de erradicación, queda claro que en el Alto Huallaga, los programas y grupos de erradicación tienen absoluta prioridad. Y para todo propósito práctico, la máxima autoridad en la zona descansa en quienes administran el dinero que paga esos programas: los funcionarios de la Narcotics Affairs Section (NAS), de la embajada de Estados Unidos.

Un alto oficial del Frente Policial me dijo que eso crea muchas situaciones incómodas para él. Por ejemplo, refirió que en el aeropuerto de Tingo María, donde está basado buena parte del contingente de la Policía Aérea, del Corah y personal de Dinoes, hay una serie de áreas a las que los Dinoes no tienen acceso, excepto poco antes de un operativo. “Un guachimán los para y no los deja entrar”, se quejó.

Cuando hubo el encuentro armado en el que cayó ‘Rubén’, el 20 de mayo pasado, en los primeros minutos de confuso tiroteo, el entonces comandante PNP Ángel Granados llamó desde su celular (la PNP no tiene radios) pidiendo angustiadamente ayuda, luego de percatarse que los senderistas que había sorprendido lo superaban largamente en número.

Un grupo de refuerzo se congregó en el aeropuerto de Tingo María para acudir en su ayuda. Los pilotos policiales tienen capacidad de vuelo nocturno. Sin embargo, la autorización de la embajada de Estados Unidos para que despegaran los helicópteros llegó cuando, para todo propósito práctico, el encuentro había terminado. En este caso, los refuerzos de la Dinoes y del Ejército, de Aucayacu, que llegaron por tierra, fueron suficientes. Pero pudo no haber sido así.

La autoridad compartida (o, más bien, entregada) puede crear confusiones dentro de la propia Policía.

El 16 de marzo pasado, a las ocho de la noche, un contingente de la Policía antidrogas, bajo el mando del comandante PNP Jaime Montes, acompañado por dos fiscales: Daniel Jara y Jeremías Rojas (anti-drogas y penal, respectivamente), intervino –es decir, tomó– la base policial de Tulumayo y la registró a fondo.

Actuaron por una denuncia fiscal, de acuerdo con la cual los policías de Tulumayo tenían secuestrado dentro de la base a un acusado por narcotráfico a quien, según la denuncia, le pedían dos mil dólares para dejarlo libre.

No hubo violencia en la intervención, pero lo más importante es que se realizó sin conocimiento ni autorización del general Savitzky. Éste, según fuentes bien enteradas, llamó a Montes y tuvo con él luego una conversación de memorable intensidad.

Sin embargo, cuando conversé con el general Savitzky sobre el tema de las autoridades paralelas con los funcionarios de la NAS, su incomodidad fue evidente.

Y todo indica que si no se empieza a pensar y actuar con claridad, la incomodidad será solo uno de los problemas menores en el Alto Huallaga, y que buena parte de los logros obtenidos podrán perderse. (GG)

Tomado de:
http://idl-reporteros.pe/2010/06/30/ampay-vegetal-2/

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