lunes, 21 de junio de 2010

Memoria de Reportajes

Por: Gustavo Gorriti
Tingo María.- El centro de la ciudad hierve con mototaxis, motocicletas y la ocasional cuatro por cuatro pifiosa que parece indicar que en esta ciudad ya se puede mostrar la riqueza. Hay el desaliño y el descuido de siempre, pero ahora acompañado por un dinamismo que parece proclamar un lema contemporáneo: desorden es progreso.

Estoy en el Alto Huallaga en el inicio de un reportaje sobre los temas que han configurado y marcado la historia de esta región: el narcotráfico, la economía de la coca, el senderismo, las acciones del Estado frente a ellos.

Son temas de reportaje, de análisis, pero también de memorias. No solo por su persistencia en el tiempo, sino también por la de sus actores; y además, por la de sus cronistas.

En esta ocasión, volveré a reportear en equipo con Alejandro Balaguer. Nos acompañará Felipe Páucar, el renombrado periodista e historiador del Alto Huallaga, cuya larga cobertura de la región destaca nítidamente por su conocimiento e integridad.

Balaguer es ahora una reconocida presencia televisiva. Sus reportajes sobre temas ambientales no tienen solo calidad visual y vigor narrativo, sino transparentan el amor de Balaguer por la aventura. Hoy la tiene en la libertad y la incertidumbre de los espacios abiertos. Pero no siempre fue así.

En 1984 apareció por CARETAS un argentino recién llegado, que quería trabajar como fotógrafo en la revista. Tenía sentido del humor, entusiasmo mal refrenado por el trabajo y además había sido un buen jugador de rugby. ¿Qué más se necesita para trabajar como fotógrafo? Quizá saber fotografiar, cosa que, por fortuna, Balaguer ya conocía bastante bien.

Poco tiempo después reventó el motín de la cárcel de El Sexto, que estaba en el centro de Lima, al frente del colegio Guadalupe. Mientras la televisión transmitía en vivo las amenazas y crueldades de los presos amotinados, las autoridades no atinaban a decidir el curso de acción que iban a tomar.

El director de Penales era Miguel González del Río. Gracias a su buena disposición pude reportar las gestiones, tentativas e indecisiones que ensayó y sopesó el gobierno antes de autorizar el ingreso por la fuerza de la entonces Guardia Republicana.

UN rato antes, logré que se permitiera que Balaguer, a quien nadie identificaba todavía como fotógrafo, entrara a la parte libre del penal, vestido con el uniforme de agente penitenciario. Como vimos que era imposible, luego de unos minutos de frenética práctica, que disimulara su acento argentino, tuvo que pasar por mudo.

Lo que vio esa noche hubiera silenciado la vocación de la mayoría de personas. Apuntado y amenazado, no pudo fotografiar, pero sí ver la masacre con la que se debeló el motín. Lo vi pálido, conmocionado por la barbarie que acababa de acaecer. Pocas horas después, sin embargo, ya estaba abocado en otra comisión.

Vinimos varias veces al Alto Huallaga entre 1984 y 1986. En uno de esos reportajes, fuimos a informar sobre la erradicación de cocales que ya realizaba el CORAH.

Hoy, la erradicación (tan contraproducente ahora como antes) se lleva a cabo mediante contingentes de casi 400 personas: 200 o más erradicadores y entre 160 y 180 policías. Entonces eran grupos mucho más pequeños, que erradicaban manualmente y contaban con poca protección policial. Las protestas eran también menos organizadas.

Ese día la protesta fue de una sola persona: una señora con el rostro y el vestido marcados por el trabajo al sol. La mujer, desesperada, trataba de impedir la erradicación utilizando una rama de cocal como un más bien simbólico garrote.

EN eso, vio a Balaguer tomando fotos y quizá pensó que era un gringo de la NAS o de la DEA, o quizá tuvo el impulso que a veces lleva a algunas personas a atacar al fotógrafo que documenta su ira, pero el hecho es que se lanzó contra él blandiendo la rama de coca, que antes que un arma parecía un manifiesto botánico. Balaguer, que no hubiera retrocedido, como lo probó varias veces, ante una matonería, trató de poner distancia entre él y la señora, pero fotografiándola. La experiencia enseña que hay que escoger. Balaguer tropezó y cayó sin dejar de fotografiar, ante la sorpresa de la señora y el jolgorio de los erradicadores, que deben haber tenido ese día uno de los pocos momentos alegres de su triste labor.

Los otros viajes al Huallaga fueron más duros. Hubo muchos cruces de río y caminatas a los lugares que había roto la violencia: Venenillo, Corvina; a los puestos destruidos, como el de Aucayacu; a los puntos de emboscadas en la carretera marginal.

Hubo una época en la que un título se repitió varias veces en las notas sobre el Huallaga: “¿Narcos o terrucos?”, donde se trataba de descifrar a los perpetradores de ataques sin nombre y sin firma. Con el tiempo, y pese a la distorsión de las propagandas, las autorías se hicieron más claras a medida que la situación se oscurecía.

Han pasado muchos años, pero el entonces jefe de los senderistas en el Huallaga sigue siendo su jefe ahora, aunque inicialmente comandara una fuerza temible y ahora solo pueda luchar por retardar el fin. Y también muchos de los policías que lo combatieron han seguido haciéndolo hasta ahora, incluso cuando varios de ellos contemplan el otoño de sus carreras y de sus vidas. Esas guerras largas en las que el antagonismo prolongado se convierte también en una forma de intimidad.

Y también hay efectos extraños del tiempo y la memoria entre los antiguos periodistas que retornan a escenarios familiares a cubrir los hechos del presente escuchando a cada momento los ecos de lo que se supone ya pasó.

¿Nostalgias? Claro que no. Pero sí memorias, y muchas. Toda esa arqueología de recuerdos en este paisaje vivo e intenso donde se encuentran gente y lugares a los que nada ha cambiado salvo el tiempo, al lado de otros nuevos que se preparan a olvidar.


Hace pocos días estuve leyendo las notas que Lotta Burenius escribió sobre los días que pasó retenida por Sendero en el Huallaga. Son claras, vívidas y como todo buen relato, resultan de “la injuria de los años, vengadora”, al escribir de Quevedo.

En el camino a Cachicoto, en valle del Monzón, hay un caserío que se llama Lotta. Me pregunto cuántos de los habitantes de esas más bien mustias residencias recuerden a la fotógrafa que pasó por ahí sin saber si habría mañana y sin predecir que, después, casi todo sería ayer.

Y ahora, con recuerdos o sin ellos, al reportaje.

Tomado de:
http://filesocial.com/88uf22n

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