jueves, 5 de junio de 2008

En el Frente de Canayre

Por las calles de Canayre han pasado las tragedias de la guerra y el lucro del narcotráfico. Quedó la memoria y la pobreza. Ahora, después de años de pasividad, el Estado despliega la Fuerza Armada para enfrentar a Sendero en su reducto, buscando conocer en el proceso a un enemigo fortalecido, que domina el terreno y reniega de sus jefes vencidos.

Cuando Jaime Pacheco caminó por los altos Andes en la ruta de descenso de Carhuarán hacia la selva, no pensó encontrar otra cosa que bolsones de ecología primigenia en medio de la desordenada colonización de los bosques altos de Sivia y Llochegua. Lo había contratado la Municipalidad de Sivia para filmar la reserva ecológica de Lomapata.

Camarógrafo diestro, con la visión de luz que suelen tener los ayacuchanos y dijérase que casi insanamente optimista, Pacheco aceptó encantado el encargo, pese a saber que iba a caminar en sentido contrario la ruta de los narco-mochileros. Le habían dicho que lo iban a esperar cinco guías en Carhuarán, pero al llegar se encontró solamente con uno, cuyo modesto apodo era “Convoy”.

El convoy de dos inició la larga caminata puna abajo. Caminaron desde las dos de la mañana y a eso de las 6 a.m. habían arribado a un sector llamado Challhua, que es ahí la puerta de ingreso caminante hacia la selva.

Vieron entonces una linterna que se les acercaba de la nada y tras la linterna una mujer. Les dio la voz de alto y se les acercó. “Convoy” se encogió de miedo: “Los tíos... ya nos fregamos” le musitó a Pacheco. Este levantó la vista y vio que los tenían rodeados y apuntados.

“La chica nos preguntó quiénes somos…”, dice Pacheco. “Le dije que estoy yendo a Lomapata, la reserva ecológica”. “¿Cómo has venido solo y encima gringo? De acá no sales vivo”, le dijo la chica.

Pacheco es de esos ayacuchanos altos y blancos que no abundan por las alturas de Iquicha. A “Convoy” el miedo lo había enmudecido y a Pacheco le había estimulado los mejores modales. La chica le pidió los documentos y luego se acercó un hombre con el rostro descubierto.

“Me dijo lo mismo que la otra chica…, se llevan los documentos, hablan por radio, nos revisan las dos mochilas”. Luego de un rato llegó un tipo más fornido y alto, que les habló con amabilidad y les dijo que iban a “ver la situación” de ellos. Los hizo tender luego en el piso y los dejó vigilados por dos personas con aspecto de asháninkas.

Después de un rato y de varios interrogatorios, los hicieron levantar y los llevaron a un campamento cercano.

“Había como cuatro carpas grandes, de tipo militar”, recuerda Pacheco, que vio a algunos “cargar baterías con cargador manual”. Había cerca de 40 senderistas en el campamento. El rango de edades fluctuaba entre los muy jóvenes y algún sesentón.

Para verificar el material que había filmado en el camino, sacaron un televisor que funcionaba con batería. Ahí Pachecho vio también cuatro cargadores solares. Los senderistas miraron entusiasmados la filmación de Carhuarán, reconociendo aquí o allá algún rostro iquichano.

“Entonces, el tipo robusto me dijo: ‘¿por qué no hacemos una entrevista?’, ¿le iba a decir que no?”.

Recuerda Pacheco que “al toque armaron una mesa y buscaron a los que tenían uniforme. No todos tenían y ellos buscaron solo a los que sí tenían”.

Hasta para Pacheco fue una sorpresa escuchar que se trataba del uniforme “que les dio Fujimori”. Le dijeron que en “esa época” tuvieron conversaciones con el SIN (a través del general Fournier) que les dio “frazadas, ropas y hasta medias”...Ya se sabe lo que pasó después. Entre los uniformados había uno que portaba la ametralladora que le arrebataron a Fournier en la emboscada de Anapatí, en 1999.

Iba llegando más gente. “Al final fueron como 70 u 80”, dice Pacheco. Armada la mesa, pusieron un radio sobre ella y Pacheco se comunicó con quien le dijeron que era “Iván” (Víctor Quispe Palomino), que habló, aparentemente, desde un punto cercano a Llochegua.

Pachecho no sabía muy bien qué preguntar, así que lo hizo en los términos más generales. Quispe Palomino dijo, sin embargo, lo que, aparentemente, sentía necesidad de expresar.

En ese revelador testimonio del jefe senderista de Vizcatán, quien habla articuladamente, con un manifiesto acento andino, ‘Iván’ presenta a su facción como “el comité regional principal y el comité regional central del Partido Comunista del Perú”.

Quispe Palomino no perdió tiempo en criticar a Abimael Guzmán. Si bien le reconoció aciertos en los que él llama ‘los tiempos de paz’, lo critica por su conducción en ‘los tiempos de guerra’. La conducción de Gonzalo “tuvo sus ventajas como desventajas” dice Quispe Palomino, “más desventajas”.

“La desventaja”, prosigue, “es que se nos ha educado en cosas absurdas, como que todo lo que venía de ‘Gonzalo’ ya no se tenía que debatir (…) el principal problema a nivel de Gonzalo es el dogmatismo, el autoritarismo y el problema del clan”.

Pero la principal acusación contra Guzmán es la de, prácticamente, haberse entregado. “A ‘Gonzalo’ las cosas se le escapan de las manos... se hizo detener”. Lo mismo dice ‘Iván’ de los otros líderes senderistas. “A Feliciano y los demás los capturaron sin disparar un tiro y ‘Artemio’ (el dirigente del Huallaga) está libre porque es parte de un plan entre ‘Gonzalo’ y la Policía...”.

Pese a esas acusaciones de blandura, ‘Iván’ no vaciló en acusar a Abimael Guzmán de terrorismo. “Incluso Gonzalo tomó como una forma de lucha el terrorismo selectivo”, dice.

Las peores acusaciones, sin embargo, quedan dirigidas contra ‘Feliciano’. Entre 1992 y 1999, sostuvo Quispe Palomino, “Feliciano destruyó todo que pudo el partido, el ejército (senderista), a la base de apoyo... ha mandado aniquilar a cuántos camaradas, a cuántos combatientes...”. A lo largo de su estadía, Pacheco percibiría una y otra vez el odio que sus ex camaradas guardan hacia Feliciano.

Una vez terminada la entrevista, con unas arengas más bien desvaídas, los senderistas invitaron a Pacheco y a un ya menos asustado ‘Convoy’ a quedarse hasta el día siguiente. Al comer en la noche les dijeron que ellos ya vivían y comían bien, a diferencia del extremo ascetismo ordenado antes por Gonzalo, “que vivía con comodidad pero los había llevado a la puna y prohibido tener radios “porque eso era guevarismo”.

Dijeron también que ellos estaban en una “situación de expansión”. Sorprendentemente, el hombre alto le dijo a Pacheco que ellos estaban utilizando “el mismo método que Fujimori, que hacía su ‘acción cívica’”. Afirmaron que Toledo había ‘abandonado a la gente’ y que por eso ellos hacían la ‘acción cívica de Fujimori’.

Le dijeron que ellos se financiaban a través de los madereros y del narcotráfico. No mencionaron a Techint, cuyo campamento había sido asaltado un año antes.

Al despedirlos al día siguiente, el hombre alto se identificó con Pacheco, “yo soy Alipio”, y le dijo que se iban a encontrar con dos grupos de mochileros, con los que no iban a tener problemas, que ya estaban advertidos. Así fue.

En Lomapata, Pacheco vio que había muy poco que filmar. La ecología del santuario estaba compuesta por las botellas de plástico y los restos de los mochileros de la laboriosa ruta de la droga.

Eso sucedió en junio de 2004. Fue la única entrevista que permite entender qué piensa y cómo actúa el Sendero de Vizcatán; el más fuerte, el más peligroso, al que ahora la Fuerza Armada busca enfrentar, sabiendo que es un enemigo duro y que los combates probablemente produzcan bajas en ambos lados.

El general EP Raymundo Flores es un militar estudioso que tiene a flor de memoria la cita precisa de Sun Tzu. En este caso es la que manda conocerse y conocer al enemigo. Flores tiene, ya se ha dicho, una larga experiencia en la lucha contra Sendero. ¿Qué piensa de los senderistas de Vizcatán y cómo compara con los de los años 80’s?

Los de ahora, dice Flores, están mucho mejor armados, conocen su terreno al dedillo y son diestros tácticamente. Saben improvisar emboscadas y hacer trampas cazabobos en muy corto tiempo. Combaten cuando son sorprendidos, como sucedió en Huachocolpa. Ahí, en un feroz enfrentamiento a corta distancia, los senderistas sufrieron dos bajas pero hirieron también a dos comandos del Ejército y lograron retirarse. Uno de los heridos, el comandante EP Jaime Sánchez Polo, fue salvado solo gracias a ser evacuado por un helicóptero que voló desde Iquitos para llevarlo a Lima, donde llegó “con las justas”, como dice Flores. “Ya se había despedido de sus compañeros”, dice otro de los oficiales que participó en esa acción. Recuperado ahora de sus heridas, Sánchez Polo está de nuevo en el VRAE, al lado de Flores.

Pero si bien calibra su destreza operativa, Flores encuentra que el Sendero del VRAE es muy flojo políticamente. “Este es el último documento que sacaron”, dice, y me enseña un volante fechado en mayo de 2006, un “Programa Revolucionario General del Perú”, algunos de cuyos puntos suenan tan contradictorios, como si hubieran sido escritos al alimón entre Chiang Ching y Deng Hsiao-ping (la ultrarradical esposa de Mao y el reformador de la China postmaoísta, para quienes lo han olvidado). Para Flores, los ingresos que le da el narcotráfico (y las otras actividades económicas) a Sendero son las que definen su carácter actual: el negocio armado.

¿Es así? Difícil saberlo todavía. Lo que está claro, en cambio, es que se trata de un grupo con conocimiento del terreno, medios, movilidad y un refugio, Vizcatán, que no ha sido hasta hoy tomado. El general EP Flores, que coordina directamente con el Comando Conjunto, busca pasar a la ofensiva, pero con un solo helicóptero y recursos limitados frente al enorme desafío geográfico –sin contar la ausencia política y hasta administrativa del Estado–, corre el riesgo de tener que avanzar solo y de reproducir sin quererlo el modelo de los años 80’s: el del jefe político-militar en una zona, y en una guerra, que necesita mucho más acciones políticas y administrativas que militares.

Entre las bases militares próximas a Vizcatán, el cuartel “Marko Jara” de Canayre es uno de los más cercanos. Sendero dice que lo atacará en cualquier momento. “Esta es la puerta para ingresar donde el enemigo” arenga Flores a sus soldados, que lucen disciplinados y combativos, y les anuncia un cuartel más grande en un par de meses.

El alcalde de Canayre le pide alejar un poco el cuartel de la población. En las calles de un pueblo al que ni la coca ni el narcotráfico han sacado de una gran pobreza, laten aún las memorias y los terrores de una guerra que hace menos de 20 años mató en unas horas, a manos de asesinos senderistas, a 39 de sus habitantes. El pueblo parece haber cambiado poco en 20 años, excepto que ahora, junto con la pobreza se han despertado las memorias y sus terrores. (Escribe: Gustavo Gorriti, Fotos: Oscar Medrano)

*Imágenes: 1) Un comando del Ejército con ametralladora bípode en las calles de Canayre, cerca a Vizcatán. 2) Infografía VRAE.


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